viernes, 6 de abril de 2012

El herradero de Victoriano Pérez, que vivió en Acehúche.

Al calor del carbón de brezo fabricaba herraduras y a las puertas de su fragua se formaban largas colas cada Feria de Mayo. Natural de Carcaboso, Victoriano Pérez instaló en Hernández Pacheco el herradero más nombrado de Cáceres

 

MIGUEL ANGEL MUÑOZ 01/04/2012
Victoriano Pérez Sánchez había nacido en Carcaboso y un día, como era habitual entre los jóvenes del pueblo, acudió a la fiesta de los Sebastianes del cercano Acehúche donde conoció a la que tiempo después se convertiría en su mujer: Angela Prieto González. El matrimonio se asentó en Acehúche y allí nació Vicente, su primer hijo. Pero no tardaron en marcharse porque Victoriano era herrador y como su hermano Pedro estaba de veterinario en Ahigal, allá que se fue la pareja. En Ahigal fundaron su nuevo hogar, y en él nacieron otros dos de sus hijos: los mellizos Esteban y Angelita.
Pero como la familia crecía, Victoriano convino que lo mejor para el progreso de su negocio era establecerse en la capital, y en la entonces llamada Ronda del Carmen (actual calle Hernández Pacheco) abrió Victoriano su herradero, a los pies del puente de San Francisco.
Era el herradero el lugar en que se realizaba la marca del ganado, con su fachada de puertas grandes por las que entraban en carretas los animales, y el potro al que se agarraban los toros en espera del hierro al rojo. Ilustraba aquella fachada un caballo al que estaban herrando y una vez al año o cada dos años Labiana pintaba y barnizaba con mimo esa fachada cuya parte superior aparecía engalanada con tres macetas grandes. Era ese un magnífico escaparate ante el ir y venir de caballerías, la de los Núñez entre ellas, compuesta por mulas falsas que se utilizaban para transportar los materiales de las obras.
Al llegar la feria de Mayo se formaban en el herradero de Victoriano largas colas, la mayoría de gitanos que venían de los pueblos a lomos de sus bestias. Victoriano herraba entonces tantísimo que en la feria siempre hacía el agosto y sacaba el dinero suficiente para mantener a sus seis hijos, porque para entonces ya habían nacido los tres pequeños: la primera, Victoriana, a la que todos conocen por Nana y que Victoriano puso su nombre por si acaso Dios no le concedía un nuevo varón con el que perpetuar su alias, algo que llegaría poco después con Victoriano, al que todos conocen por Nano, que tuvo camiones de transporte y fue famosísimo en Cáceres, y Rafa, el más pequeño de todos, que estuvo durante mucho tiempo de camarero en Acuario.
Victoriano era un hombre habilidoso que compraba las barras de hierro, estrechas y largas, en los almacenes de Gabino Díez, las cortaba a trozos y las ponía en su fragua al calor del carbón de brezo. Así fabricaba sus propias herraduras de distinto tamaños y se ahorraba un buen pellizco. Hacía Victoriano herraduras para burros, para mulos, y las moldeaba cual talla de zapatos con la ayuda de sus hijos, sobre todo de Nano, que era el más fuertote, porque eran tiempos duros y allí todos tenían que colaborar.
Tras el herradero, al fondo, la casa de dos plantas: abajo un patio con azulejos, muy bonito, a mano derecha la cocinita, a mano izquierda un aseo con lavabo y water y un baño grande de cinc para los domingos. El comedor tenía un sofá cama, una mesa camilla con sus sillas y dos butacas de mimbre, un aparador con muchos cajones, y un reloj de pared que marcaba las horas de aquellos días tan felices en feliz armonía de una familia numerosa y dichosa.

El barrio
En la parte más alta de la casa había dos habitaciones donde dormían los niños repartidos porque Victoriano y Angela aprovechaban el sofá cama del comedor para garantizar la comodidad de sus retoños. El tiempo transcurría en maravillosa fraternidad, al son melodioso del tic tac del reloj de pared, en aquel bellísimo San Francisco donde también vivían la señora María (madre de Antonio Machacón) y la señora Otilia, que murió joven y tenía una hija que se llamaba Demi. Enfrente, los Valiente, que el padre trabajaba en un banco y tenía todos hijos varones y cuando llegaban los Reyes Magos siempre venían cargados de juguetes y de alguna bicicleta, y los muchachos del barrio se empinaban para tratar de captar tras el balcón alguna imagen de aquella generosidad de los Magos de Oriente.
Por encima estaba el quiosco de la señora Amelia, y la churrería de Flores Caso. Enfrente había dos cacharrerías, una de ellas la llevaba una mujer llamada Julia y solían vender muchos cacharros de esos típicos de Arroyo de la Luz. Después estaba el comercio del señor Vicente, casado con Nandi, y la peluquería de Miqui, de Micaela, casada con Juan Ojalvo.
Los muchachos acudían entonces a la Escuela de los Caballos, que estaba en el Museo de los Caballos, y luego a las Normales, donde daban clases doña Damiana Durán, doña Antonia o doña Inés. Pero los hijos de Angela y Victoriano tuvieron que ponerse muy pronto a trabajar. Vicente, el mayor, entró de administrativo en las oficinas que Gabino Díez tenía en la Cruz, Angelita se había hecho modista, Esteban era dependiente en el Gabino Díez de Pintores, Nano repartía en una bicicleta para el Colegio de Veterinarios de Colón, Rafa entró en Mendoza y Nana comenzó de cajera en Siro Gay.
Todo transcurría sin sobresalto hasta que un día el reloj de pared decidió dejar de sonar. Fue el día en que a Angela le diagnosticaron un tumor cerebral, la operaron en la clínica de la Concepción en Madrid en aquellos años donde frente al cáncer había muy pocos adelantos. Falleció un 28 de febrero. Tenía tan solo 47 años.
Los vecinos se volcaron entonces con la familia, especialmente la señora Eulalia, que se quedó viuda y se fue a Madrid con sus cinco hijos. Una de ellas, la mayor, se llamaba Paquita y era una mujer muy buena que atendió a las mil maravillas a Vicente cuando se fue a Madrid a hacer la mili. Paquita era la íntima amiga de Nana, más que una hermana la una para la otra, siempre juntas, en una amistad de esas que son duraderas y eternas.
Cuando Angela enfermó, Nana trabajaba en Siro Gay, que tenía dos tiendas, una de confección y otra de menaje. La de menaje estaba por bajo de la Banca Sánchez y la de confección, más arriba. Nana estaba empleada en la de menaje. Aquella tienda tenía dos plantas. Nana, como estaba en la caja, trabajaba en la planta de abajo, que allí había mucho de cristal y se vendía muchísimo. En Siro Gay trabajaban también Vicente, que era encargado, Paqui, Manoli, Rocha, y muchos más.
Pero la enfermedad de su madre obligó a Nana a dejar el empleo para dedicarse en cuerpo y alma a su padre y sus hermanos. Precisamente, estando en Siro Gay, con 17 años y mientras paseaba por Cánovas, había conocido Nana a José María Ortiz, hijo de José Ortiz Alvarez y Juana González Granados, que tenían un negocio de frutería en la Concepción.
José María Ortiz trabajaba como administrativo en la oficina de Marcelino Sánchez, unos almacenes que había en la calle San Antón donde vendían máquinas de coser, bicicletas y tractores. Cuando Ortiz volvió de sus dos años de mili en Capitanía General en Madrid, comenzó a trabajar en Castañera Radio, que estaba en la avenida de la Montaña y vendía electrodomésticos cuando a Cáceres llegó todo el boom del electrodoméstico.
Paseaban por la plaza, por la carretera de Salamanca, se querían, eran felices. El reloj de pared retomó entonces su tic tac con inolvidable apasionamiento. Como José Luis Caldera era primo hermano de José María, fue él el sacerdote que los casó en San Mateo, ella vestida por Tere, una vecina modista, y él con traje de Santos, que estaba frente al Gran Teatro. Lo celebraron en el mítico Mercantil y se fueron a Madrid de luna de miel.
La pareja estrenó un piso en San Marquino que era propiedad de un barbero de San Juan. Desde allí casi tocaban el cielo, la parte antigua en todo su esplendor... José María trabajó luego en la Jefatura de Industria hasta que finalmente montó Dulcelandia en la avenida de Antonio Hurtado, una de las pastelerías más conocidas de la ciudad.
El matrimonio tiene tres hijos: José María, Carlos y Javier, y tres nietos: Alberto, Sara y Valeria, y viven felices en su casa de Federico Ballell, con los recuerdos de los viajes familiares junto a sus hijos, o el herradero y su fachada que cada año, o cada dos, retocaba Labiana, a los pies del puente de San Francisco, entre las lecciones de las Normales y el menaje de Siro Gay cuando el reloj de pared avisó de que su tic tac nunca dejaría de sonar.

Fuente

 

2 comentarios:

  1. Me gustó, lo que me gustaría ver es una foto de esa fachada, debió ser una maravilla.

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  2. A mi también, pero lamentablemente, no dispongo de esa fotografía.

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